share

viernes, 3 de julio de 2015

Elizabeth Diller: "Los arquitectos deben involucrarse más en la política"


  
         
 



Elizabeth Diller: "Los arquitectos deben involucrarse más en la política"
La socia fundadora de DS+R asegura que el sitio donde construyen "nos habla del espacio y del tiempo"

por 
Llàtzer Moix para  la Vanguardia - cultura


La arquitecta norteamericana Elizabeth Diller, fotografiada en la sede del Institut d'Arquitectura Avançada de Catalunya, en Barcelona Àlex García


En un brevísimo período de tiempo –su primer tramo se inauguró en 2009, y el último, en 2014–, el High Line Park se ha convertido en un hito inexcusable de la visita a Nueva York. Esta estructura elevada sobre la Décima Avenida, por la que desde el siglo XIX circulaba un ferrocarril de mercancías, cayó en desuso. Pero fue transformada por el despacho de arquitectos Diller Scofidio + Renfro (DS+R) y el de paisajistas Field Operations en un paseo peatonal de 2,3 kilómetros, concurridísimo, que ha contribuido decisivamente a regenerar el West side del bajo Manhattan. El año pasado transitaron por esta nueva vía verde cinco millones de personas. Elizabeth Diller, socia fundadora de DS+R, estuvo el lunes en Barcelona, para dar la lección de clausura de curso en el Institut d'Arquitectura Avançada de Catalunya. Y, antes de darla, conversó con La Vanguardia. 

¿Qué significa Nueva York, en términos arquitectónicos? 
Nueva York es una ciudad en la que cuenta mucho el valor inmobiliario. Este factor acaba condicionando la lógica de los solares e incluso de las calles. La privatización de espacios es una tendencia al alza en el Nueva York contemporáneo. Eso no contribuye, ciertamente, a una concepción de la arquitectura como factor democratizador de nuestra sociedad. 

Mucha construcción se concentra ahora en Nueva York al sur de Central Park, donde se levantan grandes torres para multimillonarios, de relativo o escaso valor arquitectónico. ¿Qué piensa de eso? 
Lograr más altura que el vecino es ahora un objetivo prioritario de demasiados promotores. Muchas de las torres a las que usted alude carecen de lógica urbana. Los solares acaban en manos de quienes pujan más por ellos. Y luego se revenden una y otra vez. Siempre se dieron estos fenómenos. Ahora más. Los promotores tienen más poder que nunca. Manhattan es una isla, y cada metro cuadrado vale su peso en oro. Hay muchos proyectos en marcha. En parte, es preocupante, porque, además, muchos ciudadanos se ven expulsados por esta espiral de encarecimiento. 

Su respuesta ha sido más económica y social que arquitectónica. ¿Cree que esas torres serán los Chrysler y los Empire State de nuestros días? 
Me temo que los nuevos edificios no son muy significativos. Desde el punto de vista de la ingeniería pueden serlo: se requieren nuevas soluciones para construir edificios tan altos con tan poca superficie en la base. Pero la lógica del rascacielos era otra. Y, además, antes los nuevos rascacielos no se concentraban junto a Central Park. Los criterios urbanos ahora aparecen contar menos. 

A usted le interesa el arte, además de la arquitectura, y tiene una aproximación multidisciplinar a su trabajo. ¿Cuál es la fuerza dominante en él? 
Mi afán siempre es contribuir con alguna nueva aportación a la arquitectura. El espacio sigue siendo un elemento central, pero se puede tratar desde ópticas diversas, como la de la instalación o la de la cultura digital, por ejemplo. Me encanta experimentar en busca de nuevas soluciones. 

Si esa es la fuerza dominante, ¿cuál es el objetivo final? 
El objetivo final es contribuir al desarrollo de unas instituciones más democráticas y más disponibles para el conjunto del público. 

¿Y cómo se logra eso desde un despacho de arquitectura? 
Recibimos muchos encargos y podríamos limitarnos a proponer diseños. Pero nos gustaría cambiar la estructura del despacho con una finalidad: ganar más espacio dentro de las estructuras de poder, para fomentar determinados consensos en su seno sobre lo que es más conveniente para la ciudad. En la obra del Lincoln Center actuamos así, y fue bien. Los tiempos del alcalde Bloomberg fueron positivos en este sentido. Y en el High Line Park también trabajamos en esa dirección, hablamos mucho con los vecinos para perfilar el programa. 

¿Podía imaginar que el High Line se convertiría en el gran éxito urbano que ha sido? 
Nos lo tomamos muy en serio. Actuamos quizás con algo de ingenuidad. Pero siempre intentamos establecer puentes con todos los actores, ejerciendo al tiempo como arquitectos y como ciudadanos. Y hallamos empatía. En definitiva, se trata de dar con el resorte adecuado en la otra parte. 

En ciudades consolidadas como Barcelona o Nueva York cada día habrá que dedicarse más a reconstruir que a construir. ¿Está de acuerdo? 
Pienso que hay que analizar caso por caso. A veces, una vieja estructura es claramente reutili-#1;zable. A veces hay edificios protegidos que, obligatoriamente, debemos preservar. A veces hay que tomar decisiones duras y decidir que lo mejor es derribar. Cada situación es distinta. Mi ética me dice que lo correcto es interpretar lo preexistente e imaginar su mejor uso posible en el futuro. En ciudades como esta, todo está cargado de historia. Eso no debe ignorarse nunca. Y, aún así, surgen conflictos. 

¿Lo dice por su demorada ampliación del MoMA? 
Por ejemplo. Ha habido bastante debate al respecto. Es un proyecto muy complejo, el cliente lo ha revisado mucho, llevamos más de diez años con él. Hemos analizado los pros y los contras al detalle. Ahora estamos en fase avanzada. Tiene que ser así: la inauguración debe ser en 2018. 

Volvamos al High Line Park. Recién abierto, se ha convertido en una gran atracción de Nueva York. ¿Qué significa esto para su despacho? 
Una gran alegría. Pero debo decir que también tenemos sentimientos encontrados. El reto no era nada sencillo: se trataba de reinventar una vieja instalación y reanimar el barrio. Y eso se ha conseguido. Pero el éxito de la obra ha desatado una carrera inmobiliaria. Los solares vecinos al High Line Park se han revalorizado, se han vendido y revendido, y a su alrededor han ido surgiendo obras de calidad diversa. Ahora todavía hay equilibrio entre el viejo tono industrial de la zona y las nuevas viviendas. Pero veremos lo que trae el futuro. 

El High Line es un ejemplo de intervención arquitectónica contenida. Otros proyectos suyos, como el edificio para la Columbia University o el Culture Shed, son muy expresivas. ¿Cuál es para ustedes la importancia de la forma? 
No somos formalistas. Nos guía el programa. El Culture Shed es un centro de creación artística y de gestión industrial. Hay pocos precedentes con este programa, estamos forzados a perfilar un nuevo paradigma. 

¿En qué medida es importante la innovación en su trabajo? 
Es muy importante. No se trata de ser nuevo porque sí, sino de ser nuevo porque el mundo plantea nuevos retos y pide nuevas soluciones. En diez años ha cambiado todo. 

¿En qué medida les parece importante el lugar de la obra? 
Es muy importante también. Hay que considerar siempre el entorno en términos visuales, históricos y urbanísticos. El sitio no nos habla sólo de un espacio. Nos habla también del tiempo. Todo eso, que puede interpretarse como una limitación, paradójicamente te da mayor libertad. 

¿Y si ahoga la voz propia? 
Eso no debe ocurrir. Hay que conservarla, sin alzarla, y siempre después de analizar e interpretar las circunstancias. No hay normas previas. 

¿Si resumiera su charla en el Iaac en una idea, cuál sería? 
Diría que los arquitectos deben involucrarse más en la política y en la definición de políticas. Antes pensábamos que la arquitectura estaba bien en los márgenes, reflexionando y dando soluciones desde ahí. Ahora pensamos que hay que estar en el centro, allí donde se cocinan las decisiones. 

¿Es esta la principal razón por la que usted es arquitecta? 
Yo fui arquitecta un poco por error. Cuando estudiaba me interesaban diversas formas artísticas. Quería dirigir películas. Pero la arquitectura me pareció también muy atractiva. Es un ámbito muy vigoroso, donde las ideas deben demostrar su valía de un modo tangible. Y, de alguna manera, he vuelto a esos intereses amplios iniciales. Estoy satisfecha porque nos enfrentamos a los problemas espaciales con muchas herramientas culturales y artísticas.